domingo, 2 de febrero de 2020

Libro primero capitulo uno, el periódico la reconquista

LOS CRISTEROS DEL VOLCÁN DE COLIMA

EL PERIÓDICO LA RECONQUISTA

Cuando Francisco Solórzano Béjar, años más tarde fue gobernador de Colima, el presidente regional de la A. C. J. M., era Dionisio Eduardo Ochoa, joven de 25 años de edad que por aquellos días trabajaba en las oficinas de la Tesorería del Estado y que, a la vez, era el director del valiente semanario La Reconquista.
Los muchachos de La Reconquista, más de una vez merecieron, por su actitud noble y gallarda, no sólo el respaldo de Colima, decidido y ardiente, sino aun la aprobación, bendición y elogio del Metropolitano, el Excmo. Sr. Arzobispo de Guadalajara, Don Francisco Orozco y Jiménez, gloria del Episcopado Nacional, a quien justamente ha dado en llamarse Francisco el Grande.
El valiente semanario fue perseguido. Eran tiempos de arbitrariedades anticonstitucionales: los muchachos papeleros que lo vendían, con mucha frecuencia eran golpeados y aun llevados a la inspección de policía, después de robarles su periódico; pero en contra de todo viento y marea el periódico se seguía vendiendo clandestinamente. El pueblo lo esperaba, lo buscaba anhelante y el tiraje hubo de multiplicarse, a medida que se le perseguía.

AFRONTANDO LA LUCHA

Un día el gobernador Lic. Francisco Solórzano Béjar decidido a acabar con la voz viril de aquel periódico católico, llamó a Dionisio Eduardo Ochoa a su despachó. Ochoa se presentó inmediatamente.

- Mire usted, Nicho -así le llamaban-, vea que no obstante su credo y sentimientos religiosos que lo hacen enemigo del régimen, nosotros lo hemos respetado y le tenemos cariño; mas una cosa es su credo interno y sus propios sentimientos en los cuales nadie tiene que meterse y otra es la actitud externa y pública de sus creencias y no vamos a permitir más que Ud. siga perteneciendo a agrupaciones enemigas del Régimen Revolucionario, como es la A. C. J. M., de la cual es Ud. presidente, y sea director de un periódico que continuamente nos ataca, y a la vez esté trabajando con nosotros en una oficina de gobierno. Por lo cual, o deja Ud. La Reconquista y la A. C. J. M., que ninguna utilidad económica le producen, o pone su renuncia a su empleo de la Tesorería. Si en cambio, Ud., pensando mejor, se decide a abandonar la A. C. J. M., y el periódico, nosotros lo mejoraremos y lo ascenderemos en su empleo, teniendo menos trabajo y mejores utilidades.

- Yo no trabajo en la dirección de La Reconquista -contestó resuelto Ochoa- ni pertenezco a la A. C. J. M. por utilidad económica. Es cierto que soy pobre; pero el dinero no compra mis convicciones. Yo trabajo en La Reconquista y pertenezco a la A. C. J. M., porque soy católico consciente y creo un deber mío trabajar cuanto pueda, en favor de la justicia y la verdad. Por eso, ni renunciaré a la dirección de La Reconquista, ni a la presidencia de la A. C. J. M., ni tampoco a mi trabajo en la oficina de la Tesorería del Estado; pues yo creo no haber faltado a mis deberes. Si Uds. quieren correrme, está bien; pero tengan la bondad de exponer en el oficio en que se me cese los motivos de mi separación.
Y Dionisio Eduardo Ochoa fue separado de su empleo; mas en ello estuvo la mano de Dios, pues ni le faltó el trabajo, y sí tuvo más facilidades para el apostolado, para luchar por el Reinado de Cristo, que era el ideal de su corazón....

CONTINUARÁ

Desea leer la edición anterior, solo de click a esta liga






Libro primero capitulo uno Infancia y Juventud Cristiana

LOS CRISTEROS DEL VOLCÁN DE COLIMA, 
Libro Primero 2ª Parte; Infancia y Juventud Cristiana


TRAS DE LAS FLORES DE UNA INFANCIA Y JUVENTUD CRISTIANAS

A Colima tocaba también, como es fácil suponer, recibir su parte en estos primeros latigazos del tirano. Era a la sazón gobernador del Estado, Francisco Solórzano Béjar, joven abogado, que si bien era originario de Colima, de abolengo y antecedentes cristianos, se había convertido en enemigo; pertenecía a las filas masónicas y, por obra de los directores de la persecución, había sido impuesto como gobernador en Colima con el fin de que secundara, lo mejor posible, la campaña infame contra la Iglesia Católica.

Francisco Solórzano Béjar fue el azote de su patria chica. Empezó a arrebatar edificios; arrojó a los seminaristas de su colegio; a las religiosas Adoratrices de su casa; se apoderó del Obispado, de la casa de los Caballeros de Colón, del Asilo de niños, del Orfanatorio del Sagrado Corazón y de cuanta propiedad sabía o suponía que fuese de alguna institución católica y, sin orden al menos escrita, de él o de cualquier otra autoridad, competente o no, en que se dispusiera la desocupación y entrega, mandaba al comandante de la policía, J. Guadalupe Rivas, o al Profesor Aniceto Castellanos, los cuales, protegidos por la gendarmería, ordenaban, no ya la desocupación de los edificios, sino la salida inmediata de sus dueños, pues no se concedían muchas veces ni cinco minutos de espera, ni se permitía sacar nada, aunque fuese de propiedad rigurosamente individual. Así, el Ilmo. Mons. Vicario General de la Diócesis, Francisco Anaya, tuvo que salir sin su sombrero, cuando fue incautado el Palacio Episcopal.

LOS MUCHACHOS DE LA A. C. J. M.


Durante estos tiempos aciagos de Solórzano Béjar como gobernador de Colima, cuando la impiedad masónica pretendía dar el asalto final sobre la Iglesia, para esclavizarla, estrangularla y destruirla, olvidando -insensatos- que en vano se lucha contra Dios, había en Colima un grupo de valientes: los jóvenes de la A. C. J. M. (Asociación Católica de la Juventud Mexicana), quienes en su aguerrido semanario La Reconquista, defendían la verdad y la justicia en contra de todos los abusos y avances de la impiedad.La A. C. J. M. había sido fundada en Colima en la primavera del año de 1917. 

Su fundador ilustre, de verdadera cepa de apóstol, fue Luis Beltrán y Mendoza, que persevera al pie del cañón, en las filas primeras de la Acción Católica Nacional, después de más de 8 lustros de muy ardua y apostólica brega.
El primer presidente regional de la A. C. J. M. en Colima había sido Héctor Pons Hurtado. Con él, formaron el Primer Comité Regional: J. Félix Ramírez y Jiménez, Emeterio C. Covarrubias, Francisco Rueda y Zamora, Andrés Schmidt, J. Concepción Fuentes, Agustín Rueda, Alberto Macedo, Eduardo Pons y Enrique de Jesús Ochoa, jóvenes todos de aquella época. Su primer Asistente Ecco., que supo imprimirle viril y fervorosa vída, fue el entonces catedrático del Seminario Conciliar de Colima, Pbro. Don Manuel Silva Cárdenas.

¿Quieres leer el capitulo anterior, dale click a esta liga:













Libro primero capitulo primero; Plutarco Elías Calles perseguidor de Cristeros y Católicos

LOS CRISTEROS DEL VOLCÁN DE COLIMA
“LA HORA DOLOROSA”
LAS PRIMERAS RACHAS DE LA BORRASCA


Era la segunda mitad del año de 1925; la campana de los tiempos tocaba en México a persecución y martirio. Plutarco Elías Calles -Nuevo Nerón- estaba ya en el poder, ilegalmente, contra la voluntad de la Nación, pues mano oculta lo había elevado y lo sostenía: las sectas masónicas y judías del mundo estaban a su lado y el poder material más poderoso de la tierra: la Casa Blanca le brindaba su protección.
El perseguidor -Plutarco Elías Calles- había ya fracasado en su proyecto de separar a México de la unidad católica, no obstante que, parroquia por parroquia, se había hecho propaganda cismática, ofreciendo abundante recompensa y lucrativos sueldos a aquellos sacerdotes que, desconociendo la Autoridad del Romano Pontífice, se adhiriesen a la nueva iglesia que él quería fundar; mas contra todas las necias esperanzas de los enemigos, la empresa falló completamente. Era pues preciso que el perseguidor recurriese a otro medio: a la cruel, sanguinaria y abierta persecución contra la Iglesia, con el fin de destruirla. Ya el cielo mexicano estaba cubierto de nubes negras y todo anunciaba una fuerte, tremenda y larga tempestad.

Siguiendo las consignas de la masonería, no sólo nacional sino internacional, la Iglesia de Cristo en México habría de ser estrangulada y destruida. Para eso se le sujetaría, primero, como esclava al gobierno impío del Régimen de la Revolución y se le ultrajaría y pervertiría, y no faltaron malos mexicanos que secundaron estas consignas.
Los tiempos eran pésimos y, si de las filas de los creyentes, por una parte, a la hora de la borrasca, surgieron los paladines de la libertad, los héroes y los confesores de Cristo, por la otra hubo muchas deserciones: muchos por la conveniencia, por conservar el empleo, por la ventaja material, se aliaron con los perversos y aun apostataron de su fe.

Fue tan tremendo aquel huracán de odio contra Cristo y su Iglesia, que aun varones tenidos por hombres de fe ilustrada y fuerte, fueron derribados vilmente. Aun los Cedros del Líbano -como dice la Escritura-, esto es, aquellos que por su cultura y su anterior actuación cristiana, eran tenidos por inconmovibles, supieron, en aquellos días de negra tormenta, lo que es caer en el despeñadero, en la sima horrenda en donde no brilla la luz de Cristo y hierven las pasiones y el odio al cielo. Y así en Colima, aliados a la masonería e instrumentos de ella, se destacaron no sólo el gobernador que estaba al frente de la campaña impía, sino los miembros de la Legislatura Local, empleados y multitud de secuaces, que se convirtieron en enemigos de la Iglesia. A muchos, años más tarde, perdonó Dios y los condujo de nuevo a El.
La suerte estaba echada por parte de los malos: Aplastar a Cristo, así como Voltaire había dado la consigna al principiar estos movimientos de revoluciones anticristianas, allá, desde las filas de la masonería francesa.

Empezaron las violencias y atropellos, ya aquí, ya allá: los sacerdotes extranjeros fueron expulsados de la Nación, los colegios católicos clausurados y aun los niños de los asilos y orfanatorios católicos fueron arrojados a la calle. En muchos seminarios los alumnos eran golpeados y puestos en prisión; hospitales y demás casas de beneficencia, obispados y curatos, seminarios y cuanto edificio suponían los perseguidores que fuese propiedad eclesiástica, era inmediatamente confiscado: éstos eran sólo los preludios de la reglamentación que se meditaba para esclavizar a la Iglesia....................... CONTINUARÁ.

¿Quieres leer el capitulo anterior, dale click a esta liga:















Libro primero, capitulo uno

LOS CRISTEROS DEL VOLCÁN DE COLIMA, 
Libro Primero; Capitulo primero.
SE DESATA EL HURACÁN

Capítulo primero; Colima, el teatro de los hechos de que se va a hablar, cuna de confesores y mártires, es uno de los más pequeños Estados de la República mexicana. 

Está colocado en el occidente, bañado por las aguas del mar Pacífico.
Su clima generalmente es cálido, mas no en extremo, teniendo, sin embargo, regiones de un fresco agradabilísimo y aun de un frío intenso;  de floridos valles, la otra está formada por altas montañas cubiertas de laureles, encinos y pinares, y cuyas altas cimas tocan los cielos.

Al norte del Estado está el majestuoso coloso del occidente de México -el Volcán de Colima- cuyas bases están revestidas con frondosísimos bosques, en tiempo del Movimiento Cristero casi vírgenes, y cuyo cono gigantesco está formado por arenas, cenizas y peñascos fundidos.
Los valles colimenses están cubiertos de palmeras que mece suavemente una aura perfumada y tibia. Hay grandes bosques de cafeteros y platanares, y extensos y hermosísimos maizales cada vez que llega el temporal de lluvias, cuyo verde oscuro forma un bello y armónico cuadro con el verde luminoso de los arrozales y cañaverales que no escasean. 

Los panoramas de aquella tierra -dice el escritor Dr. Miguel Galindo- tienen algo particular, algo propio que no se encuentra en otras partes: la luz es el factor general de la belleza y del encanto de aquella región. Las nubes sangrientas del ocaso en Colima no presentan propiamente el color de sangre, porque les sobra brillo: su rojo es brillante, como el rojo del metal bruñido. Lo mismo pasa con los otros colores: el zafiro de los volcanes, la plata de sus cumbres, la esmeralda de sus campos y los rubíes y topacios de sus florestas, presentan una luminosidad digna del canto de los poetas y de la admiración de todos.

LA CIUDAD DE LAS PALMERAS

En los años de que en esta narración histórica se habla, debido a mil calamidades que nos azotaron, entre ellas la falta de garantías, no sólo con relación a la industria y al trabajo, sino aun a la propia vida, distaban mucho de llegar a 100,000 los habitantes del Estado, de los cuales, apenas si la tercera parte vivía en Colima, su capital. 
Sus casas generalmente son bajas, de un solo piso, bien ventiladas; casi todas tienen su patio interior con sus arbustos frutales y sus flores y, en gran número de ellas, sus esbeltas y gigantescas palmeras, de donde ha venido a Colima el bello nombre de Ciudad de la Palmeras.
Las fachadas de las casas son limpias y pintadas con colores claros. No hay en Colima callejones torcidos, estrechos y sucios. Sus habitantes, generalmente vivaces, francos y sencillos.
Esta hermosa cualidad ha ido disminuyendo con los años. Los antiguos hijos de Colima eran de una característica bondad; hospitalarios, sencillos, y de muy cristiana honradez.

Hoy, las nuevas generaciones han perdido mucho de aquella sencillez y bondad; sin embargo, todavía se conservan numerosas familias en donde padres e hijos guardan, con toda integridad, el depósito santo de aquel espíritu de antaño.

El pueblo, aún hoy, en su generalidad, es muy cristiano: al sacerdote se le ve con reverencia: los niños y los viejos se quitan atentos el sombrero cuando lo ven pasar, y todos, tanto las mujeres como los hombres, al saludarlo. Este espíritu religioso, en donde se encuentra aún puro y férvido, es en los hijos de las rancherías de las faldas del volcán; allí se encuentra una fe, una piedad y una sencillez de vida, inmejorables.

El entonces Obispo de la Diócesis, el Excmo. y Revmo. Sr. Dr. D. José Amador Velasco, era un anciano venerable, el mayor de edad -por aquellos días- del Episcopado Mexicano; nativo de Villa de Purificación, de la misma Diócesis de Calima, humilde y recto como todos los antiguos cristianos colimenses; rectitud heroica que brilló con magnitud de sol en medio de la persecución sectaria. 
Fue el Cuarto Obispo de Colima, Diócesis que fue erigida por su Santidad León XIII, el 11 de diciembre de 1881.... CONTINUARÁ...

¿Quieres leer el capitulo anterior, dale click a esta liga:









Presentación

Los Cristeros del Volcán de Colima. 

Presentación


LOS CRISTEROS DEL VOLCÁN DE COLIMA


La obra que ahora colocamos, escrita y publicada originalmente en italiano durante el año de 1933, sería traducida y publicada al español en 1942. Escrita bajo el seudónimo de Spectatur, esta obra, altamente contrarrevolucionaria en toda la extensión de la palabra, ejemplifica a las mil maravillas el meollo mismo de la tragedia que envolvió a una amplia región de la República mexicana durante los años de 1927 a 1929.

La guerra cristera, como generalmente se conoce a este conflicto bélico que enluto millares de hogares mexicanos, no representó sino la continuación del viejo conflicto suscitado a mediados del siglo XIX bajo la consigna ¡Religión y fueros! con la cual los sectores conservadores oponíanse a las reformas liberales de la separación de la Iglesia y el Estado, y, por ende, el predominio del laicismo, que por aquellos años buscaban implantarse en el mundo entero. 
La guerra cristera no es, sino el intento, de echar para atrás los postulados constitucionales aprobados en 1917 en Querétaro, por ella considerados como perniciosos, inmorales y altamente peligrosos para la fe.

Ahora bien, con lo aquí señalado, no se busca, ni remotamente, exonerar los excesos, exabruptos y estupideces generadas por el régimen gubernamental, que lo único que demostraron fue la incapacidad, el poco trato y la miopía de los gobernantes que ni entendían la problemática, ni ofrecían caminos de solución acordes a la misma.

No nos cabe la menor duda de que la promulgación de la denominada Ley Calles, fue, dígase lo que se diga, una estupidez que puso de manifiesto el poco tacto y el nulo oficio de gobierno de las personas que conformaban el aparato administrativo gubernamental. Ciertamente, aquel conjunto normativo representó una abierta provocación a los sectores católicos de la población mexicana, sectores que, igualmente, dígase lo que se diga, eran, y continúan siendo mayoritarios, los que, por supuesto, no iban a permanecer callados sino que tenderían a manifestar su desacuerdo. Así, además de que sirvió de excelente pretexto para que los sectores abiertamente contrarrevolucionarios se envalentonasen y fraguasen complots e intrigas sin fin, aquel conjunto normativo contenido en la tristemente célebre Ley calles, terminó constituyéndose en el detonador de una tragedia que conllevaría a la pérdida de miles de vidas humanas, a la par de que enlodaría el proceso mismo de la Revolución Mexicana, manchándolo de sangre y oprobio.
Los cristeros del volcán de Colima, no es, ciertamente, una excelente obra histórica, sino más bien un documento testimonial en el que su autor explaya a las mil maravillas la ideología contrarrevolucionaria que prevalecía como centro de acción del denominado movimiento cristero.
Para la elaboración de la presente publicación, tomamos como base la segunda edición en español de esta obra, editada en 1960 por la editorial Jus, haciéndole algunas obligadas adecuaciones que, en nuestra opinión, facilitan su consulta. Así, por principio de cuentas, optamos por no incluir los documentos introductorios referentes al prologo a la edición italiana, al encomio del Vaticano y a las palabras del autor en las dos ediciones en español, abocándonos tan sólo al documento testimonial en sí, documento de por sí bastante extenso. Igualmente iremos publicando en nuestras ediciones los temas por varios capítulos. Siguiendo este planteamiento consideramos que todo aquel interesado en recopilarlos en este interesante tema, tiene la oportunidad de conocer más de este trágico momento de la historia en nuestro país y de nuestra región para su consulta....................... CONTINUARÁ.