miércoles, 5 de febrero de 2020

Libro primero capitulo uno, termina. Valientes jóvenes de la ACJM

LOS CRISTEROS DEL VOLCÁN DE COLIMA,
Finaliza el extracto del Libro Primero Capitulo Uno; 
JÓVENES VALIENTES DE LA ACJM



ACTITUD VALIENTE
Los jóvenes de la A. C. J. M., en medio de mil dificultades, no dejaban de celebrar sus sesiones, ya aquí, ya allá, ya en la casa de su Asistente Eclesiástico -ya por aquellos días el Padre D. Enrique de Jesús Ochoa-, ya en la de un socio, ya en la de otro, para no llamar mucho la atención de los enemigos y porque, además, todos los edificios dedicados a instituciones católicas estaban ya en manos del perseguidor. 
El presidente Regional -sucesor de Dionisio Eduardo Ochoa- era J. Trinidad Castro. Una noche, la del martes de la primera semana de marzo, momentos después de terminada la sesión de estudio, fueron tomados presos colectivamente todos los acejotaemeros del Primer Grupo, inclusive su presidente J. Trinidad Castro. Por media calle y en medio de un piquete de policías, qué iban con su propio comandante J. Guadalupe Rivas, fueron conducidos a la prisión, acusados de rebeldía contra el gobierno.
Cuatro o cinco días estuvieron presos, al fin de los cuales, comprobada su inocencia, debido sobre todo a gestiones de José Llerenas Silva, que era amigo del gobernador Béjar, tuvieron que ser puestos en libertad. Mas la prisión no acobardó a los fuertes; pues de ahí salieron con más bríos y más sólidas resoluciones. Entre estos primeros encarcelados gloriosos por la Causa de Cristo, se cuentan, entre otros, José N. Pérez, Sebastián Cueva, Antonio C. Vargas, Gregorio Torres, Salvador Zamora, Luis Gómez y José Ray Navarro. De ahí en adelante, los muchachos de la A. C. J. M., continuaron siendo encarcelados frecuentemente, ya uno, ya otro, ya por éste, ya por aquel otro motivo, mas siempre por el nombre de Cristo, por la causa mil veces bendita de Jesucristo Rey.


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Libro primero capitulo uno Periódico la Reconquista

LOS CRISTEROS DEL VOLCÁN DE COLIMA, 
Libro Primero Capitulo uno 2ª Parte; 
Periódico La Reconquista

Un día -era cerca del Carnaval del 1925- el Profr  J. Concepción Fuentes, que era del Cuerpo de Redacción del periódico católico tan odiado y perseguido, fue cesado en su empleo -era Director del Asilo de Niños- por creérselo autor de un artículo bien cortado en contra de tanta inmoralidad y perversidad del régimen imperante. En realidad, J. Concepción Fuentes no era el autor del artículo: el autor había sido el mismo Dionisio Eduardo Ochoa; pero, llamado a juicio el Profesor Fuentes no se disculpó; reconoció ser del cuerpo de redacción de La Reconquista y, con relación al artículo en cuestión, ni negó ni afirmó nada, aceptando que se le quitase su empleo.
Dionisio Eduardo Ochoa, en cambio, urdió un medio y lo puso en práctica: se estaba preparando en aquellos días, por jóvenes colimenses, la representación del drama Marianela que dos días más tarde se llevaría a la escena en el Teatro Hidalgo, en favor de una obra de asistencia pública, en que las Autoridades Civiles tenían grande empeño.
Dionisio Eduardo tenía el principal papel de los varones, y sin él sería casi imposible que la fiesta dramático musical se llevase a cabo, pues ya no era factible que se le pudiese substituir por la premura del tiempo. Al reflexionar esto se presentó con hombría a los hombres del régimen:
Ustedes han quitado injustamente su empleo al Prof. J. Concepción Fuentes que es miembro de la A. C. J. M., como yo, y quiero pedirles que lo restituyan en su puesto. Y como encontrase resistencia, amenazó diciendo:
Pues si no se le restituye inmediatamente, no habrá fiesta en el Teatro Hidalgo: conmigo no se cuenta. 
Los interesados, después de procurar hacerlo cambiar de resolución, fingiendo no alarmarse, dijeron que buscarían un sustituto. Y Dionisio, remachando más el clavo, sabiendo que no estaba solo y que habría quien lo respaldase, dice:
Pero si yo no represento mi papel, tampoco la Srita. Ma Mercedes Hernández representará el suyo, y ella de ninguna manera se puede sustituir. Ella hará causa común con nosotros, porque es de los círculos católicos de señoritas.
Y movidos todos los recursos, todas las influencias, Merceditas Hernández -La Marianela de la pieza dramática- se supo mantener firme y el Prof. J. Concepción Fuentes fue restituido a su empleo.

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Libro primero Capitulo Uno y la reconquista adelante

LOS CRISTEROS DEL VOLCÁN DE COLIMA

Y LA RECONQUISTA ADELANTE

Y la persecución contra el semanario viril La Reconquista se enconó más aún: un día -30 de noviembre de 1925- Dionisio Eduardo Ochoa fue llevado a la prisión por su decidida actuación cristiana. En la cárcel fue entregado a una turba soez y ebria pagada por los tiranos. Lo llenaron de injurias, lo estrujaron y golpearon cuanto fue posible, hasta arrojarlo a un tambo de agua y de inmundicia. 
El placer de los tiranos no duró mucho, pues movidas influencias que no era posible desatender, Dionisio Eduardo tuvo que ser puesto en libertad; pero se tramó su muerte para el primer momento oportuno; pues la actitud franca de ese muchacho debería ser vencida haciéndolo desaparecer, ya que no había otro recurso. Sabido esto, de una manera clara y sin ninguna duda, Dionisio Eduardo Ochoa tuvo que salir de la ciudad al día siguiente.
No con esto quedó callada la voz de la prensa: permanecieron en la brecha, sucesores de él, Francisco y Luis Rueda y Zamora, compañeros de lucha de Dionisio Eduardo y de menor edad que él, los cuales asumieron la Dirección de La Reconquista y continuaron luchando arduamente, pues los tiempos fueron haciéndose cada día peores y las dificultades se fueron multiplicando día a día.
POLÍTICA NEGRA
Vino el mes de diciembre de ese mismo año 1925. Las ridículas exigencias del gobernador Lic. Francisco Solórzano Béjar aumentaban. Un día se le ocurrió reglamentar, como si fuese él el cura o el sacristán, el toque de las campanas: ordenó que no podían excederse los repiques o llamadas de más de cuarenta segundos y estableció la correspondiente sanción penal.

¿Sería posible acatar tan ridícula disposición?

Claro se veía que aquello no era ordenado sino para dar motivo a continuas vejaciones contra los sacerdotes encargados de los templos. El Gobierno Eclesiástico optó entonces por abstenerse absolutamente del uso de las campanas: el día 8, fiesta de la Inmaculada, quedaron mudos y silenciosos los campanarios, y así llegó la fiesta de la Reina de la Patria, Santa María de Guadalupe; más tarde la fiesta del Nacimiento del Niño Dios, y la alegría de la Noche Buena se trocó en honda tristeza que oprimía las almas; las alegres notas de los cantos de Navidad se ahogaban en la garganta y casi no acertaban a salir de los labios.
Llegó el año de 1926. La persecución seguía aumentando en todo el país: la opresión y la tiranía, las ridículas y fanáticas invenciones de los gobernadores se multiplicaban día a día. Los católicos, a su vez, se enfervorizaban siempre más; los templos estaban más concurridos; todos oraban de rodillas con mucho fervor y la frecuencia de Sacramentos se había multiplicado. 

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